lunes, 16 de diciembre de 2013

La tele engorda



No solo nos bombardean con sujetos lánguidos y esqueléticos, sino que además insinúan que son aún más delgados de lo que percibimos. Una persona de complexión normal toma como referencia una muestra de individuos deliberadamente manipulada; su cerebro induce como normal aquello que está previamente seleccionado bajo determinados criterios – en este caso estéticos - y llega a la conclusión racional de que es gordo - feo y gordo, porque ambos atributos están fuertemente correlacionados – Y he aquí la principal batalla que libra el poder sobre el individuo aislado. No es necesario mentir para manipular, tan solo producir una percepción errónea sobre el sujeto. El ciudadano medio observa el imaginario publicitario, analiza la imagen proyectada de sí mismo en la pantalla y en su objetividad individual deduce que su estándar de vida es inferior al que se espera de él. El mensaje queda alojado con exquisita crudeza en su cerebro: debe producir más, trabajar más, esforzarse más, competir más... para llegar, al menos, a la ansiada media, que le libra de ser un paria o un excluido social. Aunque en realidad – he aquí el gran logro de la manipulación de la percepción -  sea plenamente un sujeto medio.

Y en esta simple paradoja de retroalimentación deficiente, que mantiene indefinidamente insatisfechas las necesidades medias del ciudadano medio, reside el principal motor del capitalismo informacional: la versión 2.0 de la zanahoria. 

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